Smile like you mean it
Sonríe, cariño; sonríe.
Aunque hayas llorado tanto como para que se te enrojezcan los ojos y no puedas respirar, aunque lo único que quisieras en este momento fuera dormir, despertar y que todo hubiera pasado como un mal sueño.
Sonríe, porque sonriendo espantas todos tus fantasmas y al activar los músculos de tu cara remites pequeñas corrientes de felicidad a todo el cuerpo… es como si pulsaras el botón de enviar en tu cuenta de correo y le llegara por mail a tu gente una invitación a una fiesta.
Es natural que te cueste salir de esto -te dieron a probar una droga sin adulterar y fue fácil engancharse- pero no puedes seguir mirando absorta el collage de recuerdos que has instalado en tu retina.
¡Besa, corre, brinda! Aunque ahora te cueste convencerte de ello, sabes bien que en la vida todo mejora cuando le añades besos, velocidad, champagne…
Aunque hayas llorado tanto como para que se te enrojezcan los ojos y no puedas respirar, aunque lo único que quisieras en este momento fuera dormir, despertar y que todo hubiera pasado como un mal sueño.
Sonríe, porque sonriendo espantas todos tus fantasmas y al activar los músculos de tu cara remites pequeñas corrientes de felicidad a todo el cuerpo… es como si pulsaras el botón de enviar en tu cuenta de correo y le llegara por mail a tu gente una invitación a una fiesta.
Es natural que te cueste salir de esto -te dieron a probar una droga sin adulterar y fue fácil engancharse- pero no puedes seguir mirando absorta el collage de recuerdos que has instalado en tu retina.
¡Besa, corre, brinda! Aunque ahora te cueste convencerte de ello, sabes bien que en la vida todo mejora cuando le añades besos, velocidad, champagne…
Compromiso
2011... qué decirte que no te haya dicho ya...
Has sido un año intenso, determinante; he vivido una vida entera en tus 365 días: viniste cargado de promesas, proyectos e ilusiones y me has dado todo lo que te pedí y más -a veces pienso que incluso demasiado-.
Es verdad que en tus últimos meses no nos hemos entendido todo lo bien que nos hubiera gustado y que llevo tiempo soñando con que termines... pero por otra parte no quiero que te marches sin saber que ocupas un lugar irremplazable en mi historia personal; contigo he crecido, he aprendido y he conocido millones de cosas sobre mí misma y sobre los que me rodean y- aunque a veces haya sido duro- no puedo dejar de agradecerte todas las experiencias únicas que me has regalado.
GRACIAS de corazón por haberme dado la oportunidad de exprimirte y disfrutarte al máximo y por haberme aportado tantísimo. No soy la misma que el último 31 de diciembre: me has convertido en una Sara más fuerte, más independiente, más segura, más interesante, más sensible, más atenta, más inquieta. Más persona. Más yo.
No podré olvidarte nunca.
Y a ti, 2012, de momento sólo te digo que he decidido recibirte con los ojos cerrados y el corazón abierto: quiero que me sorprendas con todo lo bueno y lo malo que puedas darme, quiero que nos conozcamos y disfrutemos el uno al otro muy poquito a poco, que nos mimemos.
Voy a cuidarte mucho: te prometo prestar atención a cada uno de los minutos que traes contigo. A cambio sólo te pido que tú también me cuides, que seas un año sereno, paciente y cargado de cariño. Estoy segura de que los comienzos no serán fáciles -nunca lo son-, pero apostaría cualquier cosa a que la próxima Nochevieja estaremos muy orgullosos el uno del otro...
Has sido un año intenso, determinante; he vivido una vida entera en tus 365 días: viniste cargado de promesas, proyectos e ilusiones y me has dado todo lo que te pedí y más -a veces pienso que incluso demasiado-.
Es verdad que en tus últimos meses no nos hemos entendido todo lo bien que nos hubiera gustado y que llevo tiempo soñando con que termines... pero por otra parte no quiero que te marches sin saber que ocupas un lugar irremplazable en mi historia personal; contigo he crecido, he aprendido y he conocido millones de cosas sobre mí misma y sobre los que me rodean y- aunque a veces haya sido duro- no puedo dejar de agradecerte todas las experiencias únicas que me has regalado.
GRACIAS de corazón por haberme dado la oportunidad de exprimirte y disfrutarte al máximo y por haberme aportado tantísimo. No soy la misma que el último 31 de diciembre: me has convertido en una Sara más fuerte, más independiente, más segura, más interesante, más sensible, más atenta, más inquieta. Más persona. Más yo.
No podré olvidarte nunca.
Y a ti, 2012, de momento sólo te digo que he decidido recibirte con los ojos cerrados y el corazón abierto: quiero que me sorprendas con todo lo bueno y lo malo que puedas darme, quiero que nos conozcamos y disfrutemos el uno al otro muy poquito a poco, que nos mimemos.
Voy a cuidarte mucho: te prometo prestar atención a cada uno de los minutos que traes contigo. A cambio sólo te pido que tú también me cuides, que seas un año sereno, paciente y cargado de cariño. Estoy segura de que los comienzos no serán fáciles -nunca lo son-, pero apostaría cualquier cosa a que la próxima Nochevieja estaremos muy orgullosos el uno del otro...
Diógenes
Necesitaba más espacio y decidí hacer limpieza general.
Entre bolsas de basura y cajas para el trastero me di cuenta de que vaciar estanterías y cajones es hacer Arqueología emocional.
Entre bolsas de basura y cajas para el trastero me di cuenta de que vaciar estanterías y cajones es hacer Arqueología emocional.
Gominola Nº 18 - Navidad
Preguntarte dónde habrá ido a parar ese billete azul que regalaste en Nochebuena.
Yellow
Carla llevaba un tiempo algo decaída: de pronto se habían acabado los besos, la velocidad y el champagne y ya no sabía de dónde sacar sonrisas culpables.
Paseaba mucho, brillaba poco y se sentía perdida en el mundo: era un sentimiento nuevo, extraño y difícil de definir...
Se veía a sí misma como un niño pequeño al que acabaran de tirarle al suelo su construcción de Lego; las piezas habían saltado por los aires y ahora su tarea consistía en recuperarlas para -poco a poco- volver a poner cada una en su lugar. El problema estaba en que no sabía por dónde empezar...
Un amigo le dio un buen consejo: Hasta que estés lo suficientemente tranquila y serena como para volver a construir, busca lugares, sitios y personas que te hagan sentir bien, que te recuerden quién eres. Ponte cómoda, disfruta y volverás a tener ganas de jugar con tus piezas de Lego.
Una tarde entró en una librería -porque un lugar repleto de historias sólo puede ser un buen lugar- y se dedicó a pasear la mirada por las portadas, a respirar el olor del papel y la tinta, a escuchar retazos de conversaciones de otros clientes, a acariciar las distintas texturas del papel, a saborear las sinopsis de las contraportadas.
Compró un par de ejemplares y salió del local con un germen de sonrisa apuntando en la comisura de los labios.
Instintivamente pensó en Mia, en cuánto la echaba de menos y en las ganas que tenía de contarle todas estas cosas con un café bien calentito y un bombón de praliné.
Paseaba mucho, brillaba poco y se sentía perdida en el mundo: era un sentimiento nuevo, extraño y difícil de definir...
Se veía a sí misma como un niño pequeño al que acabaran de tirarle al suelo su construcción de Lego; las piezas habían saltado por los aires y ahora su tarea consistía en recuperarlas para -poco a poco- volver a poner cada una en su lugar. El problema estaba en que no sabía por dónde empezar...
Un amigo le dio un buen consejo: Hasta que estés lo suficientemente tranquila y serena como para volver a construir, busca lugares, sitios y personas que te hagan sentir bien, que te recuerden quién eres. Ponte cómoda, disfruta y volverás a tener ganas de jugar con tus piezas de Lego.
Una tarde entró en una librería -porque un lugar repleto de historias sólo puede ser un buen lugar- y se dedicó a pasear la mirada por las portadas, a respirar el olor del papel y la tinta, a escuchar retazos de conversaciones de otros clientes, a acariciar las distintas texturas del papel, a saborear las sinopsis de las contraportadas.
Compró un par de ejemplares y salió del local con un germen de sonrisa apuntando en la comisura de los labios.
Instintivamente pensó en Mia, en cuánto la echaba de menos y en las ganas que tenía de contarle todas estas cosas con un café bien calentito y un bombón de praliné.
Gap
Con la tormenta, hace tiempo que me cuesta sintonizar correctamente mi hilo musical y todas las canciones se acaban convirtiendo en mashups:
* finally I can see your crystal clear...
love and life I will divide: turn away 'cause I need you more.
I can't help feeling
we found love in a hopeless place...
the scars of your love remind me of us, they keep me thinking that we almost had it all... we could have it all
(it's the way I'm feeling I just can't deny, but I gotta let it go).*
* finally I can see your crystal clear...
love and life I will divide: turn away 'cause I need you more.
I can't help feeling
we found love in a hopeless place...
the scars of your love remind me of us, they keep me thinking that we almost had it all... we could have it all
(it's the way I'm feeling I just can't deny, but I gotta let it go).*
Freude am Fahren
Hoy he tenido un sueño extraño:
Era de noche y estaba acostada en mi cama, pero no podía dormir. En un arranque entre eufórico y suicida -sin ponerme una chaqueta ni pensar en maquillarme- bajaba a la calle y cogía tu coche, me sentaba al volante y arrancaba sin pensar.
Daba la vuelta a la plaza y dejaba atrás mi casa conduciendo despacito hasta salir de la ciudad. Pasaba por el centro comercial, el club de hípica y el camino verde por donde a veces patinamos y a partir de ese momento la carretera dejaba de ser conocida y sólo veía árboles, asfalto y la luz de los faros delanteros.
Había niebla y yo tenía frío, no sabía dónde iba ni cómo manejar el coche -algún día debería tomarme en serio el aprender a conducir-, pero estaba tranquila porque llevaba el cinturón bien ajustado y el coche circulaba con suavidad sin que yo tuviera que hacer ningún esfuerzo.
Fui cogiendo confianza y a medida que pasaba el tiempo me atreví a encender la radio, a bajar las ventanillas y a pisar el acelerador: disfrutaba del viaje. Cuando comenzó a hacerse de día yo cantaba una canción en inglés – I was made for loving you, baby… you were made for loving me… - y me sentía tan segura y orgullosa de mí misma por lo bien que conducía que decidí tentar a la suerte y coger velocidad.
La aguja del velocímetro se deslizaba suavemente hacia la derecha y cuando pasó de 180 preferí dejar de observarla; me concentré en sujetar con firmeza el volante y en paladear la sensación de presión contra el respaldo del asiento.
Llegué a un tramo de curvas cerradas y fruncí el ceño preocupada, traté de recordar tus clases de Física con escobas y me las apañé como pude para no salirme de la vía. Empecé a asustarme, pero en ningún momento pensé que más lenta conduciría más segura: la velocidad se había convertido en una necesidad.
El paisaje fue cambiando y dejó de ser tan llano para volverse algo montañoso. Me pregunté hacia donde estaría yendo -no había ningún tipo de señalización- y se me ocurrió que quizá tuvieses un GPS guardado en la guantera; solté la mano derecha y empecé a investigar. Instalé el aparato y de repente, cuando más distraída estaba, un coche rojo apareció de la nada.
Empezó a zigzaguear delante de mí y me di cuenta de que, si no iba más despacio, terminaría por chocarme con él. Traté de reducir la velocidad pero el coche no respondía y tuve que pelearme con el volante para esquivar al primer vehículo que se había cruzado en mi camino en todo el viaje.
Conseguí rebasarlo, pero desde ese momento tu coche dejó de ser tan dócil: de vez en cuando, y sin previo aviso, daba bandazos de un lado a otro de la carretera, derrapaba sobre el asfalto, aceleraba y frenaba sin control. La carretera pasaba por un puerto de montaña: era una calzada estrecha y sinuosa que subía y bajaba como una montaña rusa. Tuve miedo, mucho miedo. Me puse a llorar.
Al rato me di cuenta de que llorar no arreglaba las cosas: las lágrimas me hacían ver distorsionados los límites de la cazada y corría el riesgo de salirme de la vía y caer al precipicio que se abría a mi derecha. Traté de serenarme y me esforcé por dirigir el coche con firmeza, por mantener constante la velocidad, por tomar las curvas con delicadeza y evitar acelerones y frenazos en las pendientes.
Dejé atrás las montañas y la carretera volvió a ser recta y llana, pero se levantó un viento fortísimo que cambiaba a cada momento de dirección: a veces soplaba por los lados y hacía que perdiera estabilidad, a veces soplaba de frente y oponía tanta resistencia que apenas me dejaba avanzar, a veces soplaba desde atrás como si animara al coche a ir más deprisa.
Yo estaba nerviosa, llevaba muchas horas de viaje y me dolían los brazos y las piernas de la tensión acumulada. El coche rojo se cruzaba de vez en cuando en mi camino con su zigzag o retándome a ver quién era capaz de ir más rápido; algunas veces aparecían pequeños animales cruzando la carretera y provocaban que perdiera por momentos el control al tratar de esquivarlos.
Seguí conduciendo como en un videojuego unos cuantos kilómetros y de pronto entré en un túnel. Estaba mal iluminado y en su interior había algún tipo de corriente de aire que nos aspiraba hacia el interior. La radio dejó de funcionar y ni siquiera se escuchaba el ruido del motor. En medio de ese silencio extraño, el coche volvió a acelerar por sí mismo y no fui capaz de controlarlo. Todo comenzó a dar vueltas y, no sé muy bien cómo, el suelo desapareció bajo las ruedas.
Me dije a mí misma: -Ya está. Así es como acaba todo- y no pude evitar pensar en Alicia cayendo por la madriguera del Conejo Blanco con la falda llena de aire como un paracaídas.
Estaba mareada y asustada, solté el volante y se desajustó el cinturón de seguridad. Flotaba en el interior del coche como si estuviera dentro de una lavadora.
El GPS comenzó a lanzar mensajes de manera compulsiva.
La voz de Elsa decía: -Atención, radar móvil. Reduzca la velocidad.-
La voz de Teresa avisaba: -Ha llegado usted a su destino.-
La voz de Mamá repetía: -Se ha perdido la señal GPS, recalculando ruta.-
La voz de Pipi insistía: -En la próxima rotonda tome la primera salida a la derecha.-
De pronto te oí decir: -Te quiero- y yo misma -no sé muy bien por qué- te respondí en voz alta: - No te preocupes, yo también me quiero.-
Cerré los ojos y me dejé llevar.
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