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Kriptonita - 6% vol.

 
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Es normal que no lo entiendas.
¿Qué sentido tiene que -si pactamos no cerrarnos nunca los brazos- yo me esfuerce por no volver a abrirte las piernas?

Para ti es un juego como otro cualquiera: es hacernos ahogadillas en una piscina, emborracharnos con el vino de la cena, hacer trompos con el coche en cualquier explanada...
Pero cada vez que cedo y te doy la bienvenida, lo que yo veo son tus ojos cerrándome el paso y pienso que quizá te asusta que conserve el poder de leer en tus pupilas con la misma ligereza con que me asomo a los miradores en las carreteras de montaña.
Porque yo memoricé la orografía de tus picos y tus abismos, he sido testigo de lo fácil y he protagonizado pesadillas, porque sé de la vida que hay en tus poros y conozco las estaciones según las que respiras -los agostos de tu aliento (en mi nuca), los noviembres de tu ausencia (en mi vida)-.
No lo olvides.
Es normal que aún tengas miedo.
Me quisiste porque te dibujé a mi antojo y decidiste que te gustaba esa versión de ti mismo... te mirabas en mis ojos cada mañana como si yo fuera un espejo, muy de cerca, pero sin verme.
Me quisiste esperando que mi poder fuera suficiente para conjurar tus fantasmas, porque me habías visto blanca y fresca como una sábana recién tendida y confiabas en mi magia para cerrar tus miedos y borrar errores.
Pero descubriste que yo sólo era otra chica jugando a creerse trapecista... de magia apenas sabía nada: que el ilusionismo se reduce a técnica si no lo amas con ojos de niño. En mitad de la función exigiste que te mostrara todos mis trucos -todos mis remiendos- y luego te marchaste dejándome sola en la pista, y las fieras me devoraron lentamente.

Nunca un circo ha sido tan triste; ni siquiera en Roma.

Después te recuerdo -como a Nerón- haciendo una pira con todas tus dudas, tu decepción y tu impaciencia. Pensabas volar a París esperando encontrar la chispa que iniciara el incendio definitivo, el que te permitiría renacer de tus cenizas y poder por una vez ser fénix y librarte entre las llamas del instinto de ave rapaz que te consume.

Quizá ya entonces querías volverte semilla y brotar...

Porque yo sé que cuando encuentres un lugar en el mundo en el que echar raíces, horadarás la tierra con la fuerza con que ahora desgarras corazones para después abandonarlos llenos de cicatrices, cubiertos de tatuajes y surcos que dan testimonio de tu paso por todos los cuerpos, por todos los destinos.
Y llorarás lágrimas de lluvia cuando comprendas que el rincón más humilde se vuelve refugio si lo cuidas y le permites criar flores.
Estoy convencida.

Ahora entiéndeme tú a mí: es normal que tenga miedo.
Cada vez que te abro las piernas me siento frágil y vulnerable.
Pienso en lo injusto que resulta que aún conserves todas mis llaves, sin importar el número de veces que cambie la cerradura: tú sigues entrando de noche por el balcón en plena ventisca y me dejas los sueños cubiertos de copos de nieve, y por un momento vuelvo a tener miedo y  paso las noches siguientes en vela -los ojos abiertos vigilando el techo, comprobando que el cielo no vuelve a derrumbarse sobre mí-.
Cada vez que te abro las piernas tú me niegas la boca.
Es tu forma de decirme que no hay más texto para mí en tu película, que puedo contar con una mención en tus títulos de crédito, sí, pero que ya no soy responsable de iluminar cada fotograma, que me prefieres fuera de plano por más que insistas en que soy musa y que bastaría con que prestara  atención para entender lo que hay de mí en cada escena.

Y puede que yo sepa que mi carrera no necesita ni un título más a tu nombre -porque ahora me basto y me sobro para dirigirme y prefiero la vida real a tus focos y tus efectos especiales-, pero siempre discutiremos una vez más los términos de nuestro contrato: yo insistiré en recordarte llorando que puedes contar con la luz de mi estrella, tú harás oídos sordos y reducirás todas mis quejas a una rabieta de drama queen.

Lo entiendo... es normal.
En el fondo supongo que el problema es que me cuesta asumir que tú y yo estábamos destinados a estrellarnos, y que por eso fuimos los cadáveres más jóvenes y más bellos, los que al décimo día estallaron en fuegos artificiales porque no fueron capaces de controlar su capacidad de -juntos- dar luz al mundo -y llamarla victoria-.

Y supongo que tienes razón: cada vez que te prestes a ello, conseguirás abrirme las piernas y el alma en canal, y yo confundiré heridas que escuecen con sentimientos que arden, y mi cabeza activará todos los protocolos de emergencia cuando me asome al precipicio de esos ojos que me cierras...
Quizá buscando evitar mi caída - mi recaída-, quizá porque intuyes que, una vez dentro, me haré okupa de tu boca y esta vez no habrá escraches que nos convenzan de que no hay derecho a ser feliz siendo rico en horas sin sueño y sueños a deshora.

Serendipias

Hubo un tiempo en que yo no encontraba las palabras -sentía cosas nuevas a las que no sabía poner nombre- y mi mente cuadriculada estaba confusa por no saber redactar lo que el corazón le iba apuntando. Entonces -una tarde de viernes en mi despacho, perdiendo el tiempo de álbum en tablón- de pronto leí:

"... no te detengas, nunca pares, ven conmigo.
Seamos nosotros la fiesta, los invitados,

las copas y el champán
con que brindemos esta noche."
 
Seguí aquel enlace como si fueran las baldosas amarillas que llevan a Oz...
Agradecida por encontrar sin esperarlo un diccionario de lo que estaba viviendo, dediqué a la pantalla del ordenador una de mis primeras sonrisas culpables.

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Meses más tarde llegaba el desastre; el accidente sin casco, la demolición de mi estructura de Lego. Las palabras volvieron a marcharse; y entonces le oí decir:

"... lo malo es que siempre te he dado mucho más de lo que tenía.
Lo bueno es que, dándote todo, supe que te di lo que te merecías."

Dejé que la cadencia de esa canción me acunara mientras sangraban las heridas...
Demasiado cansada para expresar lo que sentía, hice mías sus letras y le dejé hablar por mí durante un tiempo.
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Más adelante intentaba ponerme de nuevo en pie y buscaba una barandilla para agarrarme cuando flaqueaban las fuerzas. Se me ocurrió pedirle consejo y desde sus páginas me contó:

"...acabé perdido en medio de la ciudad de las almas sin rumbo, preguntándome por qué, cuanto más te esfuerzas en olvidar, más la recuerdas. (...) Decidí tomármelo con calma. Aunque doliera. Aceptar el dolor como el precio de las cosas más hermosas. Tu recuerdo poco a poco comenzó a bajar el volumen de su voz (...) La tristeza se iba diluyendo en el paso de los días. Así llegó el día en que ya no te necesitaba. Esa noche comprendí que el final es también el principio."

Reflexioné en silencio sobre aquella historia.
Reconfortada tras su consuelo, continué caminando.
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Marzo acababa de empezar y el cuerpo me pedía primavera; por eso compré aquellas entradas, como el que abre una ventana un día de sol en pleno invierno.
El patio de butacas fue testigo de mis primeras carcajadas en muchos meses, porque la naturalidad con que explicaba las cosas en su directo me hizo recordar que no siempre hay que tomárselo todo tan en serio y que lo más sano es reírse de uno mismo.

Esa noche, de camino a casa, tarareaba distraída:

"...voy a sonreír,
(...)
Pienso encontrar las llaves que cierran las heridas..."

Serena y sonriente concilié el sueño a la primera como en los viejos tiempos.
  
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Y llegó el día en que metí en la última maleta los restos del desengaño para descubrirme a mí misma entera y con voz, con ganas de compartir con los demás lo genuinamente mío.

El verano se convirtió en una barra libre de "gracias"... pero con él seguía en deuda.


La casualidad se coló entre las páginas de mi agenda para llevarme a Salamanca y poco después a Aguilar, pero no reuní coraje para decirle que coincido al 100% con los que dicen de él que tiene el don de hacer universal lo íntimo.
Por eso se lo digo aquí y ahora: Gracias Marwan por ser genuino y transparente, por acompañarme sin saberlo y por aparecer sin avisar.
 

"Sara, aquí te dejo mis pequeñas crónicas, las noticias que llegan escritas desde mi corazón..."

Estado de excepción

Un reportero de guerra es una persona analítica.
Un reportero de guerra es una persona con espíritu crítico.
Un reportero de guerra es una persona con presencia de ánimo.
Un reportero de guerra es una persona con fortaleza interior.
Un reportero de guerra es una persona valiente.
Un reportero de guerra es una persona comprometida.
...
Nunca di el perfil para ser reportera de guerra.

Quizá por eso trabajo en una oficina y escribo cada vez menos.
Quizá por eso he perdido la capacidad de narrar la crónica de lo que siento.
Quizá por eso me resultan tan complejos nuestros periodos de Guerra Fría.
Quizá por eso entro en estado de shock con cada nuevo ataque de esta guerra de guerrillas.
Quizá por eso me pierdo en el conflicto que mantienen mi cabeza y mi corazón.

Cum Laude

A estas alturas he llegado a ser Académica de lo nuestro, de ti y de - en ese orden -.

Me he graduado con honores en lo que pudimos llegar a ser y nunca seremos después de presentar mi tesis sobre cada paso que dimos ante todos los tribunales que han reunido paciencia suficiente para escucharme.

Para documentarme he realizado una revisión bibliográfica exhaustiva, prestando especial atención a lo rápido que pasaba el tiempo si estaba contigo, todas mis sonrisas culpables, la carne de gallina después de cada beso y tus verdades cuando me mirabas. No he llegado a conclusiones determinantes, pero he confirmado nuestras teorías sobre la falta de una base firme y nuestra prisa por correr demasiado y he rescatado algunos datos de interés para futuros estudios: Los dos fuimos egoístas. Nunca tuvimos claro hacia dónde queríamos ir. Cargamos al otro con pesos propios y asumimos los que no nos correspondían. Ninguno se cuidó a sí mismo y por eso nos hicimos daño.


Tengo preparados para su publicación varios artículos en torno a mis teorías sobre bases biográficas de tus actitudes, tendencias típicas y tópicas en tu comportamiento, previsiones y escenarios futuros de tus cariños. Quienes han tenido acceso a ellos destacan mi facilidad para ponerme en tu lugar, aunque hay corrientes de opinión que consideran que mi perspectiva no es constructiva, que estas líneas de investigación no me llevan a ninguna parte, que así sólo consigo hacerme daño y que  nunca se puede prever con certeza lo que piensa o siente otro -ni mucho menos, lo que vivirá y le hará vibrar más adelante-.

Sé que tú perteneces a esta última escuela de escépticos, por eso me interesa que sepas que empiezo a tener en cuenta vuestras opiniones: por el momento me cuesta dejar de lado la metodología que he utilizado hasta ahora -es una mera cuestión de hábito-, pero he empezado a consultar manuales sobre dejar que las cosas pasen como tengan que pasar, disfrutar de lo que vives hoy sin considerar cómo pueda afectar al mañana, quererte sin plantearme qué papel cumples en mi vida ahora y siempre. Sorprendentemente parece que funcionan, ya iremos viendo los resultados del experimento más adelante.
 
Por último, he regresado a los orígenes; me explico. He retomado mis estudios sobre cuánto me gusta mirarme al espejo durante horas, lo mucho que disfruto anotando en post-its las cosas que me llaman la atención, lo sencillo que me resulta saber dónde quiero ir ahora que vuelvo a estar firmemente convencida de quién quiero ser.
Soy consciente de que nunca debería haber dejado de lado estas cuestiones, porque son el fundamento y el corpus teórico de todas mis investigaciones: nunca llegaré a doctorarme en mi historia personal si pierdo de vista el hecho de que, en esto, el eje de todo soy yo… pero compréndeme, en su momento fue demasiado tentador abandonar todos mis trabajos para licenciarme en lo fácil que es reirse contigo, lo bien que me entiendes cuando quieres, la complicidad que descubrimos cuando nos conocimos y todas esas otras titulaciones que no creo necesario recordarte.

Abandoné la tradición teórica de mis convencionalismos, mis ideas preconcebidas, mi futuro “taylor made” y decidí formar parte de tus grupos de discusión.
Quizá tenían razón los que insitían en que mi camino no era el tuyo, pero probar a vivir según tus reglas me ha regalado nuevas perspectivas sobre mí misma; me has contagiado  la pasión por lo empírico -cuando dudes de algo: compruébalo por ti misma, cuando quieras algo: cógelo…- y has enriquecido mi tesis haciendo que dudara de todas mis hipótesis. Desde hoy no tengo más remedio que incluirte en la bibliografía de todos mis trabajos futuros: tu influencia ha terminado por ser determinante en mis planteamientos en torno al 1+1=2.
Pero ya he agotado las becas para transferencia de conocimiento que otorga estar contigo y ha llegado el momento de que retome mis ensayos sobre ser feliz a mi manera.
Me he propuesto cuidarme y disfrutarme a mí misma y ya veremos más adelante con quién decido compartir -cuando lo consiga- el Nobel a lo que puedo llegar a ser.
Hasta entonces, no dejes de echar un ojo de vez en cuando mis publicaciones -yo siempre seguiré con interés tus proyectos-… procuraré redactar la mejor versión de mí misma y que te sientas orgulloso de mí.

Freude am Fahren

Hoy he tenido un sueño extraño:
Era de noche y estaba acostada en mi cama, pero no podía dormir. En un arranque entre eufórico y suicida -sin ponerme una chaqueta ni pensar en maquillarme- bajaba a la calle y cogía tu coche, me sentaba al volante y arrancaba sin pensar.
Daba la vuelta a la plaza y dejaba atrás mi casa conduciendo despacito hasta salir de la ciudad. Pasaba por el centro comercial, el club de hípica y el camino verde por donde a veces patinamos y a partir de ese momento la carretera dejaba de ser conocida y sólo veía árboles, asfalto y la luz de los faros delanteros.
Había niebla y yo tenía frío, no sabía dónde iba ni cómo manejar el coche -algún día debería tomarme en serio el aprender a conducir-, pero estaba tranquila porque llevaba el cinturón bien ajustado y el coche circulaba con suavidad sin que yo tuviera que hacer ningún esfuerzo.
Fui cogiendo confianza y a medida que pasaba el tiempo me atreví a encender la radio, a bajar las ventanillas y a pisar el acelerador: disfrutaba del viaje. Cuando comenzó a hacerse de día yo cantaba una canción en inglés – I was made for loving you, baby… you were made for loving me… - y me sentía tan segura y orgullosa de mí misma por lo bien que conducía que decidí tentar a la suerte y coger velocidad.
La aguja del velocímetro se deslizaba suavemente hacia la derecha y cuando pasó de 180 preferí dejar de observarla; me concentré en sujetar con firmeza el volante y en paladear la sensación de presión contra el respaldo del asiento.
Llegué a un tramo de curvas cerradas y fruncí el ceño preocupada, traté de recordar tus clases de Física con escobas y me las apañé como pude para no salirme de la vía. Empecé a asustarme, pero en ningún momento pensé que más lenta conduciría más segura: la velocidad se había convertido en una necesidad.
El paisaje fue cambiando y dejó de ser tan llano para volverse algo montañoso. Me pregunté hacia donde estaría yendo -no había ningún tipo de señalización- y se me ocurrió que quizá tuvieses un GPS guardado en la guantera; solté la mano derecha y empecé a investigar. Instalé el aparato y de repente, cuando más distraída estaba, un coche rojo apareció de la nada.
Empezó a zigzaguear delante de mí y me di cuenta de que, si no iba más despacio, terminaría por chocarme con él. Traté de reducir la velocidad pero el coche no respondía y tuve que pelearme con el volante para esquivar al primer vehículo que se había cruzado en mi camino en todo el viaje.
Conseguí rebasarlo, pero desde ese momento tu coche dejó de ser tan dócil: de vez en cuando, y sin previo aviso, daba bandazos de un lado a otro de la carretera, derrapaba sobre el asfalto, aceleraba y frenaba sin control. La carretera pasaba por un puerto de montaña: era una calzada estrecha y sinuosa que subía y bajaba como una montaña rusa. Tuve miedo, mucho miedo. Me puse a llorar.
Al rato me di cuenta de que llorar no arreglaba las cosas: las lágrimas me hacían ver distorsionados los límites de la cazada y corría el riesgo de salirme de la vía y caer al precipicio que se abría a mi derecha. Traté de serenarme y me esforcé por dirigir el coche con firmeza, por mantener constante la velocidad, por tomar las curvas con delicadeza y evitar acelerones y frenazos en las pendientes.
Dejé atrás las montañas y la carretera volvió a ser recta y llana, pero se levantó un viento fortísimo que cambiaba a cada momento de dirección: a veces soplaba por los lados y hacía que perdiera estabilidad, a veces soplaba de frente y oponía tanta resistencia que apenas me dejaba avanzar, a veces soplaba desde atrás como si animara al coche a ir más deprisa.
Yo estaba nerviosa, llevaba muchas horas de viaje y me dolían los brazos y las piernas de la tensión acumulada. El coche rojo se cruzaba de vez en cuando en mi camino con su zigzag o retándome a ver quién era capaz de ir más rápido; algunas veces aparecían pequeños animales cruzando la carretera y provocaban que perdiera por momentos el control al tratar de esquivarlos.
Seguí conduciendo como en un videojuego unos cuantos kilómetros y de pronto entré en un túnel. Estaba mal iluminado y en su interior había algún tipo de corriente de aire que nos aspiraba hacia el interior. La radio dejó de funcionar y ni siquiera se escuchaba el ruido del motor. En medio de ese silencio extraño, el coche volvió a acelerar por sí mismo y no fui capaz de controlarlo. Todo comenzó a dar vueltas y, no sé muy bien cómo, el suelo desapareció bajo las ruedas.
Me dije a mí misma: -Ya está. Así es como acaba todo- y no pude evitar pensar en Alicia cayendo por la madriguera del Conejo Blanco con la falda llena de aire como un paracaídas.
Estaba mareada y asustada, solté el volante y se desajustó el cinturón de seguridad. Flotaba en el interior del coche como si estuviera dentro de una lavadora.
 El GPS comenzó a lanzar mensajes de manera compulsiva.
La voz de Elsa decía: -Atención, radar móvil. Reduzca la velocidad.-
La voz de Teresa avisaba: -Ha llegado usted a su destino.-
La voz de Mamá repetía: -Se ha perdido la señal GPS, recalculando ruta.-
La voz de Pipi insistía: -En la próxima rotonda tome la primera salida a la derecha.-
De pronto te oí decir: -Te quiero- y yo misma -no sé muy bien por qué- te respondí en voz alta: - No te preocupes, yo también me quiero.-
Cerré los ojos y me dejé llevar.
Esta mañana me he despertado serena y descansada -he dormido toda la noche de un tirón por primera vez en muchos días- y antes de que tú me llamaras por teléfono me he dicho a mí misma al espejo con una enorme sonrisa culpable: Buenos días, princesa.

Gominola Nº 16 - Kleenex

Subirme a un columpio al lado del río.

"...nos quita demasiada energía."

Pues, entonces, vamos a inventar juntos un nuevo modelo de generador, uno que funcione con besos, velocidad y champagne y que desprenda sonrisas culpables.

Vamos a hacerlo por ti, por mí y por nosotros.
Vamos a disfrutar otra vez construyendo, haciendo cosas.
Vamos a utilizar el cheque regalo que me preparaste esta Navidad.
Vamos a jugar al escondite por las escaleras de mi edificio.
Vamos a llenar el carro de la compra de leche entera.
Vamos a darnos besos con los ojos y a ser felices con todo y sin nada.
Vamos a llenar el álbum de momentos en 13x18.
Vamos a emborracharnos con ensalada de tomate y a alimentarnos de semidulce y zumo de naranja.

Vamos a hacer todas las cosas que ya hemos hecho y vamos a pensar en todas las que nos quedan por hacer.

Te lo debo y me lo debes.
Sabes que nos lo debemos.

Titanic

No me cabe en la cabeza que este invierno todo fuera calor y que -sin saber por qué y con los termómetros marcando 36 ºC- de repente todo me parezca frío y gris...

There's a maze in "amazing"...

Y -como no podía ser de otra manera- después de tanto asombro, he terminado por perderme...

Ensúciate

Hoy me has hecho leer de nuevo el prospecto: de acuerdo, volveré a tener muy en cuenta la posología y las contraindicaciones.
Puedes creerme cuando te digo que pienso tomármelo muy en serio.

Lo que me preocupa es que -después de tanto tiempo abusando de  velocidad y sonrisas culpables- haya terminado por engancharme y ahora no sepa dar marcha atrás...

Hasta los mejores vicios crean adicciones y todo adicto es un enfermo.

Dementor

Leer una revista.
Comer un helado.
Llamar a una amiga.
Pintarme las uñas.
Copas de verdejo.
Tarde en la piscina.
Planes para esta semana.
Comprar unos zapatos.
Escuchar esa canción.
Colgarme del Facebook.
Ir a la peluquería.
Tumbarme en la cama.
Mirarme al espejo.
Colgar otro post.
Ver de nuevo aquellas fotos.
Poner orden en mi agenda.
Salir sola a pasear.

Hacer ruido.
Mucho ruido.

Cualquier cosa con tal de no escuchar a la nube y empezar a llover.

Espejo

Carla estaba sentada sola en una cafetería justo enfrente del portal donde vivía Mia.

Tenía un mal día -la nube apretaba fuerte y de manera intermitente desde hacía un tiempo, tormentas de verano...- y sentía la necesidad urgente de deshacer el enorme nudo que le cerraba el estómago para así vomitar todo el veneno que poco a poco se había ido acumulando dentro de ella. El problema era que no sabía cómo hacerlo.

Se preguntó dónde estaría Mia en ese momento... habría sido reconfortante llamar a su timbre y que hubiera bajado a tomar con ella un zumo de naranja.
Le habría dicho:

- Nos echo de menos a nosotras mismas...

Me encantaría poder decir un buen día: "¡Te invito a un café y unas tortitas en el 2006!" como si te estuviera diciendo que quedamos a las cinco y media.
Nos reuniríamos las cuatro -las de ahora y las de entonces- en algún bar de la Plaza Mayor y hablaríamos de cosas absurdas, de apuntes y asuntos pendientes, dibujaríamos corazones y estrellas en nuestras agendas y nos emborracharíamos de planes imposibles.

Sería genial. Increíblemente refrescante.

Aunque, por otra parte, no estoy segura de que a la Carla de entonces le gustara la persona en la que se ha ido convirtiendo...
Soy más fría, más racional y más desconfiada. No he llegado a ser tan fuerte, tan independiente ni tan brillante como ella quería ser. Sigo siendo inestable, irresponsable  y me afecta la lluvia. Aún no he sido capaz de domesticarme a mí misma ni lo que siento.-

Mia habría respondido:

- Se te olvida un detalle importante: Yo me niego a mí misma guardando lo que siento en el Borrador, tú vacías la Nevera convencida de que así haces un ejercicio de madurez... pero seguimos comiendo galletas y nos pintamos las uñas de colores. Somos y seremos siempre niñas, eso no cambia. Es lo que nos hacía especiales entonces, pero no lo hemos perdido.-

Carla se quedó aún un buen rato mirando su botella de agua, todavía estaba triste.
Cuando se cansó de estar parada siguió su paseo para ver si se encontraba por la calle alguna sonrisa culpable.
Al pasar por el portal de Mia le mandó un beso con el pensamiento y le dio las gracias.

Hay días en que es bueno tener buenas amigas, aunque estén lejos y no puedan consolarnos.

Gris

Llevan toda la mañana talando los árboles del jardín al otro lado de mi ventana.
No puedo evitar pensar que por lo menos caen imponentes, cubiertos de hojas; han evitado que el otoño los dejara vacíos.

Hospitality

Cuando das vueltas sobre ti mismo terminas por marearte -eso lo sabía muy bien- pero el punto en torno al que había gravitado hasta entonces ya no estaba imantado y dar vueltas ondeando el ruedo de su falda era su única opción.

Girando y girando perdió la conciencia del tiempo y el espacio y vivió unas cuantas noches -o unas cuantas vidas- flotando en una nube gris. Ya se había hecho a la idea de que así serían siempre las cosas cuando, de repente, un día chocó contra algo.
Tras el impacto le asombró no sentir dolor, miedo o angustia, sino tan sólo una enorme sorpresa por haber frenado de improviso. Ni siquiera se molestó en  comprobar cuál era la naturaleza del obstáculo que la había detenido.

Estaba aturdida y sólo era capaz de intuir una emoción cálida que la abrazaba con fuerza evitando que cayese y -poco más tarde- fue consciente de que la llevaban en brazos a un sitio seguro y de que todo iría bien si se limitaba a no mirar atrás.

Cuando abrió los ojos supo que había llegado a casa pese a no reconocer la vajilla ni saber por qué puerta se accedía al jardín, y era curioso, porque durante mucho tiempo había puesto todo su empeño en convertir en refugio una casa extraña, fría y severa a la que siempre tuvo reparos en llamar hogar.

Le dieron la bienvenida, le presentaron a todos los huéspedes, le enseñaron cada estancia e incluso abrieron los cajones para que supiera qué se escondía en cada rincón.
Le regalaron una cama, una copa y una vela para decirle que allí podía descansar, compartir y dejar de tener miedo.

Reflexionó mucho sobre la suerte de contar con un sitio como aquel para curarse las heridas y un día decidió quedarse allí para siempre: ¡cómo no iba a hacerlo si había encontrado un lugar a su medida!
Pero la nube gris había calado sus huesos y algunas noches -cuando más oscuro estaba- se le aparecía en sueños como un fantasma y decía:

-Un día te echarán de esta casa, ¿no te das cuenta de que aquí sólo eres una visita? Los otros huéspedes han hecho suyos los dormitorios, pero tú no tienes nada con lo que demostrar que perteneces a este lugar y, cuando alguien llame a la puerta, serán tu cama, tu copa y tu vela las que entregarán al nuevo invitado.-

A la mañana siguiente de cada pesadilla se sentía mareada y confusa: de pronto parecía que los inquilinos conspiraran para que se fuera y que la casa apagase las chimeneas a su paso para que el frío la llevara lejos de allí.
Se sentía embargada por una clase de angustia particular -algo así como el bochorno de una tarde de verano que amenaza tormenta- y, mientras se esforzaba por eliminar esa presión, repetía para sí misma como un mantra las palabras que le dirigía su anfitrión en el desayuno:

-Es cierto que no te esperábamos y que a algunos se nos ha hecho más extraño que a otros el hecho de que tengas intención de quedarte, pero ten muy claro que desde que llegaste aquí hay más luz y, por eso, sé que eres tú y no otra la dueña de ese dormitorio. Esta será tu casa hasta que tú decidas lo contrario.-

Solía surtir efecto...

Pese a todo, a veces no era fuerte y caía en la tentación de girar una vez más sobre sí misma -la falda dando vueltas como la casa de Dorothy hacia Oz- para después tropezar constantemente con las escaleras del edificio.
Pese a todo, a veces pasaba la noche en vela inmóvil, aferrada al cirio y esperando a que el sol se llevara el miedo.
Pese a todo, a veces se dejaba convencer por la nube y  se veía llamando a la puerta mientras los inquilinos le cerraban el paso muertos de risa...

Hasta que alguna mañana recordaba lo mucho que la despejaba correr hasta la buhardilla para llenar su copa, tirarse en su cama y escribir sin pensar hasta dormir acunada por la luz de su vela.

Sabía que, al despertar, el anfitrión le daría un beso con tostadas y café, y que así cada cosa regresaría a su lugar y ella a volvería a ceñirse con firmeza su maravillosa sonrisa culpable.

Prospecto

Entiendo por qué lo haces -porque quieres que todo salga bien, que todo sea seguro- pero no me gusta cuando lees la composición del medicamento y me hablas de los posibles efectos secundarios como si fueran contraindicaciones.

Conozco bien la dolencia y sé que este es el fármaco más específico y eficaz: suple todas mis carencias, alivia los síntomas y dolores y me permite hacer las cosas que antes no hacía.
Desde que lo tomo me siento infinitamente mejor: sólo puedo dar gracias a todos los laboratorios en los que se fue desarrollando con el tiempo, a todas las personas que intervinieron en su composición hasta depurarlo, porque -sin saberlo- colaboraron entre sí para dar con la fórmula perfecta para mí.

Te agradezco que te esfuerces en hacerme consciente de que corro el riesgo de hacerme adicta y también que me recuerdes las consecuencias que conllevaría abandonar el tratamiento sin motivo. Es un químico potente y hay que llevar cuidado.

Pero no te preocupes. El riesgo merece la pena. No hace falta que me alertes.
Deja que nos vayamos adaptando el uno al otro, el medicamento y yo.

Es cierto que a veces me dan vértigos, pierdo el sueño o duermo durante horas.
Que sonrío sin motivo, se me suben los colores, me río a carcajadas y empiezo a llorar.
Que no presto atención a lo que antes era importante, convierto en imprescindibles detalles diminutos y no puedo dejar de escribir.

Pero me da la vida.

Así que déjate de letra pequeña y sigue administrándome mi dosis diaria de sonrisa culpable.

Tensar la cuerda

- Con ella soy más parecido que contigo en las cosas que somos iguales y somos más diferentes en las cosas en que somos distintos, por eso sé que podría haber funcionado muy bien y durante mucho tiempo... pero no te preocupes, nos saltamos ese paso y no volveremos atrás.

                                                                                                                     ...

- Con él existe un lazo que, aunque quisiera, no podría romper porque está hecho de cosas que me ponen la carne de gallina -besos, velocidad y champagne- y por eso me mantiene enganchada... pero no te preocupes, ya ha pasado mucho tiempo y sé que como mejor funcionamos es como estamos ahora, siendo amigos.

(Hay veces que somos un poco tontos, ¿no te parece?)

Gominola Nº 6 - M.P.T.

Tener sólo dos horas para comer y decidir que es mejor invertirlas en pasear porque hace sol.

Mirarme en el espejo.

Entrar en una librería y comprar un ejemplar de mi libro favorito porque lo había perdido.

Volver a utilizar bodymilk.

Coger el autobús porque llueve y fijarme en cada gota que recorre el cristal de la ventana.

Llorar viendo fotos.

Estar sola en casa, prepararme una copa, disfrutarla en silencio.

Hidrópica

He bebido mucho. Muchísimo.
Todavía tengo sed.
Estoy algo mareada; me preocupa la resaca si pierdo el control.
Disfruto de cada sorbo.
Quiero más.
No estoy acostumbrada, terminaré por perder el conocimiento.
Sabe dulce y está frío.
Soy adicta.
Ni siquiera el vértigo es capaz de hacerme soltar esta copa.