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Double check

La imagen original llega desde aquí, vía Pinterest.
 
Hoy te escribo porque sé que ya no me lees.
¿Cómo vas a leerme? Hace demasiados meses que no te dejo buscar puntos suspensivos en mi espalda. Sin embargo es ahora cuando me gustaría contarte unos cuantos secretos...

Quiero que sepas que no olvido la cicatriz que un día decidí utilizar como ex-libris y que, al pensar en ella, comprendo que la última que te haya tomado prestado no llegará a saber que antes vivías en mi estantería, rodeado de todos los cuentos que escribí a Victoria.

Me hace gracia pensar que al final no compartimos ni ginebra ni adrenalina -si acaso unos cuantos abrazos- y que sin embargo tardaste sólo dos citas de Baudelaire en conseguir las llaves de toda una escalera. Quiero que sepas que hoy me brota en los labios una sonrisa amarilla cada vez que recuerdo agosto y que, precisamente por eso, ya he brindado con champagne por vuestros besos.

Algunas noches me muero de ganas de gritarte que me siento estúpida por no haber jugado a unir los puntos de tus pecas entonces, cuando aún éramos niños y jugando contigo no corría el riesgo de intoxicarme. No sabes cuánto me frustra pensar que por estrellas tú sólo entiendes hoteles de lujo y Guía Michelín. Que no sabes lo que es pedir un deseo. Pero te debo demasiados kilómetros como para pedirte explicaciones.

He de confesarte que cuando me propusiste leer a García Márquez en albornoz estuviste a punto de engañarme: apúntate un tanto por la estación que lleva tu nombre, pero sé consciente de que me alisté voluntaria a tu batallón de piernas sin alma. Puede que tu don para la cinegética sea vox populi, pero nunca olvides que fui yo la que quiso jugar a ser Bambi, y eso deja la partida en tablas.

Alguna vez me sorprendo a mí misma dándole vueltas a lo increíble que aún me resulta que te hayas ido tan lejos. Me alucina comprender que este verano vas a firmar una alianza que te destierra para siempre de lo que fuimos. Me resulta casi tan increíble como pensar en cuántas veces nos dimos las buenas noches y en que te regalé 5 vueltas al sol.

Y después de lanzarte este par de dardos, permíteme que apueste unas cuantas fichas en la mesa de blackjack: puedes desayunar conmigo cuando quieras la magdalena de Proust porque -no se lo cuentes a nadie- me muero de ganas de que compruebes conmigo si te gusta más el zumo natural o el Tang de naranja.

Si prometes guardar el secreto te cuento al oído que no tengo claro si con esto evoco, provoco o te busco la boca; no te sorprendas, sabes mejor que nadie que cuando sólo invertimos palabras ni tú ganas ni yo pierdo... al fin y al cabo aún no te conozco.

Loewe Esencia

Él no lo sabe, pero hoy -en un autobús atestado de gente- durante dos minutos lo he recuperado...

El libro amarillo.

Anoche soñé contigo: me llamabas para invitarme a un café porque habías decidido perdonarme.

Nos dábamos un abrazo. Me contabas cómo te iba todo.
Mientras tanto, ella y mis amigas se contaban cosas en la mesa de al lado; se reían mucho.

Entraba luz por las ventanas y, cuando él vino a recogerme y te levantaste para saludarle, tuviste que cubrirte los ojos.
Le diste una palmada en la espalda y le pediste que me cuidara.
Os sonreísteis.

Prometiste seguir en contacto y dijiste algo gracioso.
Nos despedimos con un beso y me acariciaste la cabeza.

Por la mañana me di cuenta de lo lejos que estás todavía, pero ahora dueles menos y me siento mucho mejor.

Wardrobe

Mi vida ha cambiado de talla, no hay duda.
Lo que antes me apretaba ahora me sobra; lo que antes me estaba holgado ahora me ajusta.

Por eso -en mi vida como en mi armario- ha llegado el momento de poner orden: regalar lo que ya no sirve a quien pueda aprovecharlo, tirar a la basura lo que se desgastó para siempre, conservar como recuerdo lo que un día fue especial y, sobre todo, disfrutar con una enorme sonrisa culpable lo bien que sientan los conjuntos de la nueva temporada.

Link

Un corazón no es más que un ovillo -complejo y enredado- de cintas de colores para regalar a los demás.

Todas las madejas tienen cabos sueltos que dan color pero no pueden atarse ni en un simple nudo.
Todos los ovillos tienen lazos largos, brillantes, que cuentan historias.

Un corazón siente todas las cintas que ha entregado; por eso se esfuerza en sostener un extremo y ser partícipe de los vaivenes de la vida de aquellos con los que se compartió.
Los hilos de un corazón a veces hablan de alianzas.
Los hilos de un corazón a veces se pierden.
Los hilos de un corazón a veces se enredan, se desgastan, se rompen.

En mi ovillo había una cuerda.
Era larga y estaba atada con fuerza, pero era rígida, pesaba mucho y el esparto arañaba en cada nudo.
Oprimía al corazón y el corazón soltó su extremo.

Sin la soga mi ovillo es ligero, sus cintas lo estrechan y un gran lazo rojo lo abraza rodeándolo como si fuera un regalo de Navidad.
Pero a veces me doy cuenta de que siempre tendrá un hueco vacío donde sentir o imaginar que alguien ha dado un tirón desde el otro lado, porque un corazón no puede evitar sentirse atado y echar de menos a aquellos a quienes quiso, a los que un día formaron parte de él.

21-22

Abril antes significaba ALEGRÍA, pero este año la R ha decidido mudarse y se ha convertido en ALERGIA.

Me he vuelto hipersensible.
Todo me irrita y me escuece.
Me lloran los ojos.
No consigo despertarme.

Pero a pesar de todo no puedo quejarme porque hace sol y cuando noto su calor entrando por la ventana sólo puedo sonreír.

Fabulae

Érase una vez un Príncipe que adoraba ir a la guerra y librar batallas y pasaba tanto tiempo luchando con todas sus fuerzas que siempre estaba cansado; tenía muchas guerras que atender y casi nunca estaba en su castillo y cuando volvía a casa lo único que hacía era dormir.

El Príncipe tenía una Princesa y una manzana mágica en una urna: la manzana tenía el poder de hacerlos felices para siempre y mantener seguro el palacio si todas las semanas tanto uno como el otro le contaban un secreto.
Para mantener fuerte a la manzana, el Príncipe, antes de ponerse la armadura solía entregar a la Princesa un saco lleno de secretos para que se los contara  por él, después le daba un beso y se marchaba al frente; cuando estaba en el castillo llenaba el saquito de nuevo, se lo daba a la Princesa y se marchaba a dormir.

Un buen día, en mitad de una guerra larga y terrible, la Princesa se dio cuenta de que el saco se había quedado vacío. Se asustó mucho y se puso a llorar, pero decidió probar a contar dos de sus secretos a la manzana para mantener su poder.
Y tuvo suerte: funcionó. La Princesa siguió y siguió contando secretos a la manzana sin descanso durante muchos meses hasta que el Príncipe obtuvo su victoria y regresó.

La Princesa le contó lo débil y triste que se sentía -sin secretos era ella la que se estaba marchitando- pero el Príncipe no tenía fuerzas para escucharla y le contestó que después de una guerra tan larga necesitaba descansar más que nunca. Al momento se marchó a dormir.
La Princesa empezó a llorar y en el jardín empezó a llover: se desató una tormenta terrible que duró toda la noche.

Al llegar la madrugada llamaron al portón del castillo y- aunque el Príncipe tenía terminantemente prohibido a la Princesa que nadie entrara en el palacio- ella estaba tan desesperada que decidió abrir; tenía mucho miedo, pero necesitaba ayuda y sentía que ella sola no sería capaz de encontrar una solución: fuera quien fuera, aquella persona había llegado en el momento perfecto.

En la puerta se encontraba un caballero. La Princesa lo hizo entrar y, sin mediar palabra, le ofreció una manta: estaba mojado y lleno de polvo y, aunque no parecía cansado, se notaba de lejos que había recorrido muchos kilómetros para llegar hasta allí.

- Vengo buscando una princesa, pero tiene que ser una princesa de verdad. En todos los palacios que ya he recorrido he encontrado a muchas que decían serlo -algunas incluso lo parecían- pero a la hora de la verdad todas resultaron ser muchachas sin más.
En mi país hay un hechizo terrible que hace que todos vivamos en un espejismo continuo: creemos pasarlo bien y disfrutar, pero en realidad la tierra se muere y los ríos se secan y todos enfermamos un poco más cada día.
Hay una leyenda que dice que, si una princesa real traspasa nuestras fronteras, el espejismo habrá terminado; tendremos que trabajar duro para ser felices, pero nuestro reino estará sano y será fructífero y dependerá de nuestro esfuerzo lo que pueda llegar a ser.

La Princesa vio determinación en los ojos que la miraban: no cabía duda de que ese hombre realmente deseaba sacar adelante su país, y eso le produjo una sensación extraña, una mezcla de ternura y admiración.

- Yo soy una Princesa -o eso creo- y estaré encantada de ayudarte, pero tengo un problema terrible que no sé cómo solucionar... Si me ayudas a resolverlo me comprometo a acompañarte hasta tu reino.

(En su angustia por salvar a la manzana, la Princesa no fue consciente de que estaba prometiendo abandonar el castillo y no se dio cuenta de que para cumplir su promesa debería dejar atrás todo lo que había conocido hasta el momento. )

Rápidamente subió al salón de la torre donde la manzana reposaba en su urna y le explicó al caballero el mágico sortilegio que protegía su felicidad con el Príncipe.

- Y ahora no sé que hacer: él está durmiendo y por más que lo intento no consigo despertarlo y a mí se me han acabado los secretos que contar a mi manzana...

El caballero se mantuvo pensativo por un momento y miró muy serio a la Princesa.

- He encontrado una solución: ahora mismo haremos la prueba que determinará si eres una auténtica princesa o no. No se lo contaremos a nadie y mañana tú podrás susurrarle a tu manzana lo que has hecho.

La Princesa sonrió maravillada - ¿cómo no se le había ocurrido antes?- y en ese momento preciso amaneció y el sol asomó entre las nubes sobre el jardín.

- ¿Qué es lo que tengo que hacer?

- Darme un beso.

La Princesa retrocedió un paso sobre sí misma. Miró extrañada al hombre lleno de barro que se encontraba frente a ella y dudó, pero al instante decidió que en situaciones desesperadas se adoptan medidas desesperadas y temblando se acercó a él para darle un beso en los labios prometiéndose a sí misma que no le contaría a nadie lo sucedido.

Y sucedió.
Tras el beso, la manzana explotó en mil pedazos y en el castillo -siempre frío- aumentó la temperatura.
El caballero y la Princesa se miraron a los ojos sorprendidos: ninguno esperaba nada igual.

El ruido y el repentino calor despertaron al Príncipe que al instante sintió un veneno ácido burbujeándole en la sangre.
Buscó a la Princesa y al encontrarla, ciego y envenenado como estaba, sólo pudo ver una bruja y sintió unos deseos enormes de morderla hasta destrozarla, hasta partirla en mil pedazos.
El caballero cargó con ella -que se había desmayado- y abandonó el castillo, que había empezado a arder.

Recorrieron muchos kilómetros y la Princesa seguía dormida: necesitaba descansar después de todo el esfuerzo que había hecho por salvar esa manzana que ahora no era más que cenizas.

El caballero la observaba intrigado: no era la más guapa, ni la más rica, ni la más habilidosa de las jóvenes que habían aceptado pasar su prueba pero, por las noches, cuando todo estaba oscuro, la princesa que cargaba como un peso muerto sobre su caballo irradiaba una luz extraña que aumentaba de intensidad a medida que iba recuperando las fuerzas.
Quizá no fuera una princesa de verdad, pero estaba claro que aquella chica tenía algo que la hacía diferente y merecía la pena intentar llegar con ella a su reino.

Justo el día en que alcanzaron la linde del sendero que dibujaba la frontera, la Princesa se despertó y -aún un poco aturdida por todo lo que había pasado- posó con cuidado su pie derecho al otro lado del camino siguiendo siempre las directrices del caballero.

Y el milagro se produjo.
La tierra dejó de ser baldía, pero aún estaba cubierta de maleza; el río corría con fuerza, pero no había fuentes para acercar el agua al pueblo; la gente estaba sana, pero las casas estaban polvorientas y destartaladas.
El Caballero y la Princesa descubrieron que tenían unas ganas enormes de sacar adelante todo aquello y trabajaron codo con codo con las gentes del lugar para hacer de aquel lugar un sitio acogedor y con futuro.

Y se dieron cuenta de que las risas eran más efectivas que los secretos para mantener vivas las cosas que los harían felices para siempre.
Y decidieron no cansarse nunca de intentarlo, porque cuando hacían cosas juntos saltaban chispas, había magia y pasaban cosas increíbles.

Nails

Las manos son lo primero que distingue a una señorita de quien no lo es.

Y me comprometí a llevar siempre la manicura impecable.
Y me prometí ser irreprochable en todo.

Vas a ser la madre perfecta, la esposa perfecta: por eso te quiero; sólo tienes que ser buena y esperar.

Y esperé y esperé hasta que entendí que, o sacaba las uñas, o nadie defendería mi sitio en su vida por mí.
Y arañé y arañé hasta que me sangraron los dedos y se me acabaron las fuerzas.

Jamás me hubiera esperado esto de ti: después de tanto lloriquear por que siguiera contigo, ¿ahora eres tú la que te atreves a sacar un clavo con otro clavo?

Y clavó el orgullo herido en mí usando las palabras como si fueran puntillas.
Y me sentí tan pequeña que no pude evitar volver a morderme las uñas.

Pero decidí que, aunque me duela, no voy a permitir que me crucifique; por eso me curo las heridas pintándome las uñas de color sonrisa culpable.

Lexatin

Me prometiste cuidarme siempre y quererme hasta el final... Ahora me doy cuenta de que nunca te pregunté qué harías conmigo una vez el final hubiera llegado.
Y aunque sé que la culpa es mía, por ilusa, por confiada - nunca te imaginé capaz de hacerme daño- no puedo evitar pasar el día intentando descubrir si lo que me mata es lo que dices y haces o el mero hecho de que lo hagas y lo digas.

'+1 Agregar como amigo'

Ayer empecé la mañana llorando.
Lloraba suave, despacito, prestando atención a cada lágrima que me recorría la mejilla.
Estaba triste, pero era una tristeza cálida, acogedora.

Te escribí.
Lo echaba de menos -sigue siendo raro no explicarte cada minuto de mi vida, aunque reconozco que me siento mucho mejor desde que no doy explicaciones-.
Sé de sobra que es fácil que esas dos cuartillas vayan directas a la papelera de la oficina.
Sé de sobra que ahora mismo te gustaría poder hacer eso mismo conmigo.

Pero todavía me quedan esperanzas de que un día como otro cualquiera me regales la oportunidad de empezar la mañana sonriendo porque habrás decidido que ha llegado el momento de quitarme la cruz, porque habrás asumido que el cariño no se acaba porque sí y cuando uno quiere, porque habrás entendido por fin que con nadie tiene más sentido que conmigo el botón de "Agregar como amigo".