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Il était une fois...

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Este cuento habla de una princesa.


La gente cree que todos los cuentos hablan de princesas y que todas las princesas son personajes de cuento, pero se equivocan: los cuentos hablan de verdades y las princesas son niñas.
Siempre.
Y si hay muchos cuentos que hablan sobre princesas es por el simple motivo de que las niñas a menudo tienen el don especial de descubrir la esencia de las cosas, su verdad.


La princesa de este cuento está dormida.


Cuando las chicas duermen, tengan la edad que tengan, siempre son niñas, siempre son princesas.
Por eso muchas veces las chicas sueñan cosas absurdas de las que recuerdan todos los detalles; porque las auténticas princesas saben leer en sus propios sueños las verdades que les cuesta encontrar cuando están despiertas.


En su sueño, esta princesa ha perdido algo importante y no deja de buscarlo.


No sabe lo que es, ni dónde está, pero lo busca.
Por eso es fácil reconocer que es una princesa, porque sólo demuestran ser princesas aquellas niñas que -al crecer- buscan sus verdades siguiendo las señales que sólo ellas ven.
Por eso las niñas y las princesas nunca deben olvidar que -cuando se pierdan- el único camino para volver a encontrarse lo hallarán siguiendo sus propios instintos y buscando en su interior.


En su búsqueda, la princesa sólo encuentra flores.


Y, aunque sabe que no son flores lo que está buscando, las observa y acaricia y se entretiene.
Esta chica que duerme sabe que distraerse y disfrutar de lo que encuentra -por más que no sea lo que busca- nunca es una pérdida de tiempo; todas las princesas saben bien que las verdades no son destinos, si no enseñanzas que se recogen por el camino, y está claro que esta chica es una princesa.


El vestido de la princesa cambia con el tiempo, pero mantiene su espalda descubierta.


Las chicas que saben que son princesas no tienen miedo a los cambios y se adaptan a lo que las rodea, pero también procuran que lo que quedó atrás les recuerde con su calor que van por buen camino o les haga tener presente con su frialdad que no siempre las cosas salen como se esperaba.
Las princesas son chicas que mantienen siempre cerca sus recuerdos y su corona, porque son las cosas que les hacen entender quiénes son y cómo han llegado a ser princesas.

Al final la princesa abre los ojos y descubre en su mano lo que estaba buscando.


Y -aunque este sea el final del cuento- si eres una princesa y has prestado atención, ahora mismo sonreirás como ella porque también sabes que -en los sueños absurdos y llenos de detalles- una llave siempre significa un nuevo principio.

Todas las imágenes de la entrada son capturas del fashion film de presentación de la colección Très Provence para P/V 2012/2013 de la diseñadora Cristina Piña.

Cum Laude

A estas alturas he llegado a ser Académica de lo nuestro, de ti y de - en ese orden -.

Me he graduado con honores en lo que pudimos llegar a ser y nunca seremos después de presentar mi tesis sobre cada paso que dimos ante todos los tribunales que han reunido paciencia suficiente para escucharme.

Para documentarme he realizado una revisión bibliográfica exhaustiva, prestando especial atención a lo rápido que pasaba el tiempo si estaba contigo, todas mis sonrisas culpables, la carne de gallina después de cada beso y tus verdades cuando me mirabas. No he llegado a conclusiones determinantes, pero he confirmado nuestras teorías sobre la falta de una base firme y nuestra prisa por correr demasiado y he rescatado algunos datos de interés para futuros estudios: Los dos fuimos egoístas. Nunca tuvimos claro hacia dónde queríamos ir. Cargamos al otro con pesos propios y asumimos los que no nos correspondían. Ninguno se cuidó a sí mismo y por eso nos hicimos daño.


Tengo preparados para su publicación varios artículos en torno a mis teorías sobre bases biográficas de tus actitudes, tendencias típicas y tópicas en tu comportamiento, previsiones y escenarios futuros de tus cariños. Quienes han tenido acceso a ellos destacan mi facilidad para ponerme en tu lugar, aunque hay corrientes de opinión que consideran que mi perspectiva no es constructiva, que estas líneas de investigación no me llevan a ninguna parte, que así sólo consigo hacerme daño y que  nunca se puede prever con certeza lo que piensa o siente otro -ni mucho menos, lo que vivirá y le hará vibrar más adelante-.

Sé que tú perteneces a esta última escuela de escépticos, por eso me interesa que sepas que empiezo a tener en cuenta vuestras opiniones: por el momento me cuesta dejar de lado la metodología que he utilizado hasta ahora -es una mera cuestión de hábito-, pero he empezado a consultar manuales sobre dejar que las cosas pasen como tengan que pasar, disfrutar de lo que vives hoy sin considerar cómo pueda afectar al mañana, quererte sin plantearme qué papel cumples en mi vida ahora y siempre. Sorprendentemente parece que funcionan, ya iremos viendo los resultados del experimento más adelante.
 
Por último, he regresado a los orígenes; me explico. He retomado mis estudios sobre cuánto me gusta mirarme al espejo durante horas, lo mucho que disfruto anotando en post-its las cosas que me llaman la atención, lo sencillo que me resulta saber dónde quiero ir ahora que vuelvo a estar firmemente convencida de quién quiero ser.
Soy consciente de que nunca debería haber dejado de lado estas cuestiones, porque son el fundamento y el corpus teórico de todas mis investigaciones: nunca llegaré a doctorarme en mi historia personal si pierdo de vista el hecho de que, en esto, el eje de todo soy yo… pero compréndeme, en su momento fue demasiado tentador abandonar todos mis trabajos para licenciarme en lo fácil que es reirse contigo, lo bien que me entiendes cuando quieres, la complicidad que descubrimos cuando nos conocimos y todas esas otras titulaciones que no creo necesario recordarte.

Abandoné la tradición teórica de mis convencionalismos, mis ideas preconcebidas, mi futuro “taylor made” y decidí formar parte de tus grupos de discusión.
Quizá tenían razón los que insitían en que mi camino no era el tuyo, pero probar a vivir según tus reglas me ha regalado nuevas perspectivas sobre mí misma; me has contagiado  la pasión por lo empírico -cuando dudes de algo: compruébalo por ti misma, cuando quieras algo: cógelo…- y has enriquecido mi tesis haciendo que dudara de todas mis hipótesis. Desde hoy no tengo más remedio que incluirte en la bibliografía de todos mis trabajos futuros: tu influencia ha terminado por ser determinante en mis planteamientos en torno al 1+1=2.
Pero ya he agotado las becas para transferencia de conocimiento que otorga estar contigo y ha llegado el momento de que retome mis ensayos sobre ser feliz a mi manera.
Me he propuesto cuidarme y disfrutarme a mí misma y ya veremos más adelante con quién decido compartir -cuando lo consiga- el Nobel a lo que puedo llegar a ser.
Hasta entonces, no dejes de echar un ojo de vez en cuando mis publicaciones -yo siempre seguiré con interés tus proyectos-… procuraré redactar la mejor versión de mí misma y que te sientas orgulloso de mí.

Freude am Fahren

Hoy he tenido un sueño extraño:
Era de noche y estaba acostada en mi cama, pero no podía dormir. En un arranque entre eufórico y suicida -sin ponerme una chaqueta ni pensar en maquillarme- bajaba a la calle y cogía tu coche, me sentaba al volante y arrancaba sin pensar.
Daba la vuelta a la plaza y dejaba atrás mi casa conduciendo despacito hasta salir de la ciudad. Pasaba por el centro comercial, el club de hípica y el camino verde por donde a veces patinamos y a partir de ese momento la carretera dejaba de ser conocida y sólo veía árboles, asfalto y la luz de los faros delanteros.
Había niebla y yo tenía frío, no sabía dónde iba ni cómo manejar el coche -algún día debería tomarme en serio el aprender a conducir-, pero estaba tranquila porque llevaba el cinturón bien ajustado y el coche circulaba con suavidad sin que yo tuviera que hacer ningún esfuerzo.
Fui cogiendo confianza y a medida que pasaba el tiempo me atreví a encender la radio, a bajar las ventanillas y a pisar el acelerador: disfrutaba del viaje. Cuando comenzó a hacerse de día yo cantaba una canción en inglés – I was made for loving you, baby… you were made for loving me… - y me sentía tan segura y orgullosa de mí misma por lo bien que conducía que decidí tentar a la suerte y coger velocidad.
La aguja del velocímetro se deslizaba suavemente hacia la derecha y cuando pasó de 180 preferí dejar de observarla; me concentré en sujetar con firmeza el volante y en paladear la sensación de presión contra el respaldo del asiento.
Llegué a un tramo de curvas cerradas y fruncí el ceño preocupada, traté de recordar tus clases de Física con escobas y me las apañé como pude para no salirme de la vía. Empecé a asustarme, pero en ningún momento pensé que más lenta conduciría más segura: la velocidad se había convertido en una necesidad.
El paisaje fue cambiando y dejó de ser tan llano para volverse algo montañoso. Me pregunté hacia donde estaría yendo -no había ningún tipo de señalización- y se me ocurrió que quizá tuvieses un GPS guardado en la guantera; solté la mano derecha y empecé a investigar. Instalé el aparato y de repente, cuando más distraída estaba, un coche rojo apareció de la nada.
Empezó a zigzaguear delante de mí y me di cuenta de que, si no iba más despacio, terminaría por chocarme con él. Traté de reducir la velocidad pero el coche no respondía y tuve que pelearme con el volante para esquivar al primer vehículo que se había cruzado en mi camino en todo el viaje.
Conseguí rebasarlo, pero desde ese momento tu coche dejó de ser tan dócil: de vez en cuando, y sin previo aviso, daba bandazos de un lado a otro de la carretera, derrapaba sobre el asfalto, aceleraba y frenaba sin control. La carretera pasaba por un puerto de montaña: era una calzada estrecha y sinuosa que subía y bajaba como una montaña rusa. Tuve miedo, mucho miedo. Me puse a llorar.
Al rato me di cuenta de que llorar no arreglaba las cosas: las lágrimas me hacían ver distorsionados los límites de la cazada y corría el riesgo de salirme de la vía y caer al precipicio que se abría a mi derecha. Traté de serenarme y me esforcé por dirigir el coche con firmeza, por mantener constante la velocidad, por tomar las curvas con delicadeza y evitar acelerones y frenazos en las pendientes.
Dejé atrás las montañas y la carretera volvió a ser recta y llana, pero se levantó un viento fortísimo que cambiaba a cada momento de dirección: a veces soplaba por los lados y hacía que perdiera estabilidad, a veces soplaba de frente y oponía tanta resistencia que apenas me dejaba avanzar, a veces soplaba desde atrás como si animara al coche a ir más deprisa.
Yo estaba nerviosa, llevaba muchas horas de viaje y me dolían los brazos y las piernas de la tensión acumulada. El coche rojo se cruzaba de vez en cuando en mi camino con su zigzag o retándome a ver quién era capaz de ir más rápido; algunas veces aparecían pequeños animales cruzando la carretera y provocaban que perdiera por momentos el control al tratar de esquivarlos.
Seguí conduciendo como en un videojuego unos cuantos kilómetros y de pronto entré en un túnel. Estaba mal iluminado y en su interior había algún tipo de corriente de aire que nos aspiraba hacia el interior. La radio dejó de funcionar y ni siquiera se escuchaba el ruido del motor. En medio de ese silencio extraño, el coche volvió a acelerar por sí mismo y no fui capaz de controlarlo. Todo comenzó a dar vueltas y, no sé muy bien cómo, el suelo desapareció bajo las ruedas.
Me dije a mí misma: -Ya está. Así es como acaba todo- y no pude evitar pensar en Alicia cayendo por la madriguera del Conejo Blanco con la falda llena de aire como un paracaídas.
Estaba mareada y asustada, solté el volante y se desajustó el cinturón de seguridad. Flotaba en el interior del coche como si estuviera dentro de una lavadora.
 El GPS comenzó a lanzar mensajes de manera compulsiva.
La voz de Elsa decía: -Atención, radar móvil. Reduzca la velocidad.-
La voz de Teresa avisaba: -Ha llegado usted a su destino.-
La voz de Mamá repetía: -Se ha perdido la señal GPS, recalculando ruta.-
La voz de Pipi insistía: -En la próxima rotonda tome la primera salida a la derecha.-
De pronto te oí decir: -Te quiero- y yo misma -no sé muy bien por qué- te respondí en voz alta: - No te preocupes, yo también me quiero.-
Cerré los ojos y me dejé llevar.
Esta mañana me he despertado serena y descansada -he dormido toda la noche de un tirón por primera vez en muchos días- y antes de que tú me llamaras por teléfono me he dicho a mí misma al espejo con una enorme sonrisa culpable: Buenos días, princesa.

Hospitality

Cuando das vueltas sobre ti mismo terminas por marearte -eso lo sabía muy bien- pero el punto en torno al que había gravitado hasta entonces ya no estaba imantado y dar vueltas ondeando el ruedo de su falda era su única opción.

Girando y girando perdió la conciencia del tiempo y el espacio y vivió unas cuantas noches -o unas cuantas vidas- flotando en una nube gris. Ya se había hecho a la idea de que así serían siempre las cosas cuando, de repente, un día chocó contra algo.
Tras el impacto le asombró no sentir dolor, miedo o angustia, sino tan sólo una enorme sorpresa por haber frenado de improviso. Ni siquiera se molestó en  comprobar cuál era la naturaleza del obstáculo que la había detenido.

Estaba aturdida y sólo era capaz de intuir una emoción cálida que la abrazaba con fuerza evitando que cayese y -poco más tarde- fue consciente de que la llevaban en brazos a un sitio seguro y de que todo iría bien si se limitaba a no mirar atrás.

Cuando abrió los ojos supo que había llegado a casa pese a no reconocer la vajilla ni saber por qué puerta se accedía al jardín, y era curioso, porque durante mucho tiempo había puesto todo su empeño en convertir en refugio una casa extraña, fría y severa a la que siempre tuvo reparos en llamar hogar.

Le dieron la bienvenida, le presentaron a todos los huéspedes, le enseñaron cada estancia e incluso abrieron los cajones para que supiera qué se escondía en cada rincón.
Le regalaron una cama, una copa y una vela para decirle que allí podía descansar, compartir y dejar de tener miedo.

Reflexionó mucho sobre la suerte de contar con un sitio como aquel para curarse las heridas y un día decidió quedarse allí para siempre: ¡cómo no iba a hacerlo si había encontrado un lugar a su medida!
Pero la nube gris había calado sus huesos y algunas noches -cuando más oscuro estaba- se le aparecía en sueños como un fantasma y decía:

-Un día te echarán de esta casa, ¿no te das cuenta de que aquí sólo eres una visita? Los otros huéspedes han hecho suyos los dormitorios, pero tú no tienes nada con lo que demostrar que perteneces a este lugar y, cuando alguien llame a la puerta, serán tu cama, tu copa y tu vela las que entregarán al nuevo invitado.-

A la mañana siguiente de cada pesadilla se sentía mareada y confusa: de pronto parecía que los inquilinos conspiraran para que se fuera y que la casa apagase las chimeneas a su paso para que el frío la llevara lejos de allí.
Se sentía embargada por una clase de angustia particular -algo así como el bochorno de una tarde de verano que amenaza tormenta- y, mientras se esforzaba por eliminar esa presión, repetía para sí misma como un mantra las palabras que le dirigía su anfitrión en el desayuno:

-Es cierto que no te esperábamos y que a algunos se nos ha hecho más extraño que a otros el hecho de que tengas intención de quedarte, pero ten muy claro que desde que llegaste aquí hay más luz y, por eso, sé que eres tú y no otra la dueña de ese dormitorio. Esta será tu casa hasta que tú decidas lo contrario.-

Solía surtir efecto...

Pese a todo, a veces no era fuerte y caía en la tentación de girar una vez más sobre sí misma -la falda dando vueltas como la casa de Dorothy hacia Oz- para después tropezar constantemente con las escaleras del edificio.
Pese a todo, a veces pasaba la noche en vela inmóvil, aferrada al cirio y esperando a que el sol se llevara el miedo.
Pese a todo, a veces se dejaba convencer por la nube y  se veía llamando a la puerta mientras los inquilinos le cerraban el paso muertos de risa...

Hasta que alguna mañana recordaba lo mucho que la despejaba correr hasta la buhardilla para llenar su copa, tirarse en su cama y escribir sin pensar hasta dormir acunada por la luz de su vela.

Sabía que, al despertar, el anfitrión le daría un beso con tostadas y café, y que así cada cosa regresaría a su lugar y ella a volvería a ceñirse con firmeza su maravillosa sonrisa culpable.

Nestea

¿Sabes por qué me fije en ti? Porque llegabas con el corazón abierto: tenías un agujero enorme y ninguna fuerza para cerrarlo.
Te habían vuelto pequeña y vulnerable y te entregabas a los demás entera y sincera.
Habías rendido todas tus armas.
Ya no eras capaz ni de disfrazarte para convencernos al mundo y a ti misma de que eras feliz.

Y yo me di cuenta de una cosa: era fácil echarte una mano y cerrar esa brecha, pero dejaríamos dentro un montón de veneno que te destrozaría poco a poco -no hay nada peor que dejar que un mal amor se enquiste-.
Por eso esperé a que drenaras todo el daño -salían cosas y más cosas sin parar- y sólo me preocupé de que supieras que yo estaba cerca.

Lo que tú no sabías es que aprovechaba cada minuto para dejar semillas que, cuando tuvieran espacio, te ocuparían entera y así ya no podrías escaparte.

Lo que no sabía yo es que había encontrado la tierra precisa y preciosa donde echar raíces.

Fabulae

Érase una vez un Príncipe que adoraba ir a la guerra y librar batallas y pasaba tanto tiempo luchando con todas sus fuerzas que siempre estaba cansado; tenía muchas guerras que atender y casi nunca estaba en su castillo y cuando volvía a casa lo único que hacía era dormir.

El Príncipe tenía una Princesa y una manzana mágica en una urna: la manzana tenía el poder de hacerlos felices para siempre y mantener seguro el palacio si todas las semanas tanto uno como el otro le contaban un secreto.
Para mantener fuerte a la manzana, el Príncipe, antes de ponerse la armadura solía entregar a la Princesa un saco lleno de secretos para que se los contara  por él, después le daba un beso y se marchaba al frente; cuando estaba en el castillo llenaba el saquito de nuevo, se lo daba a la Princesa y se marchaba a dormir.

Un buen día, en mitad de una guerra larga y terrible, la Princesa se dio cuenta de que el saco se había quedado vacío. Se asustó mucho y se puso a llorar, pero decidió probar a contar dos de sus secretos a la manzana para mantener su poder.
Y tuvo suerte: funcionó. La Princesa siguió y siguió contando secretos a la manzana sin descanso durante muchos meses hasta que el Príncipe obtuvo su victoria y regresó.

La Princesa le contó lo débil y triste que se sentía -sin secretos era ella la que se estaba marchitando- pero el Príncipe no tenía fuerzas para escucharla y le contestó que después de una guerra tan larga necesitaba descansar más que nunca. Al momento se marchó a dormir.
La Princesa empezó a llorar y en el jardín empezó a llover: se desató una tormenta terrible que duró toda la noche.

Al llegar la madrugada llamaron al portón del castillo y- aunque el Príncipe tenía terminantemente prohibido a la Princesa que nadie entrara en el palacio- ella estaba tan desesperada que decidió abrir; tenía mucho miedo, pero necesitaba ayuda y sentía que ella sola no sería capaz de encontrar una solución: fuera quien fuera, aquella persona había llegado en el momento perfecto.

En la puerta se encontraba un caballero. La Princesa lo hizo entrar y, sin mediar palabra, le ofreció una manta: estaba mojado y lleno de polvo y, aunque no parecía cansado, se notaba de lejos que había recorrido muchos kilómetros para llegar hasta allí.

- Vengo buscando una princesa, pero tiene que ser una princesa de verdad. En todos los palacios que ya he recorrido he encontrado a muchas que decían serlo -algunas incluso lo parecían- pero a la hora de la verdad todas resultaron ser muchachas sin más.
En mi país hay un hechizo terrible que hace que todos vivamos en un espejismo continuo: creemos pasarlo bien y disfrutar, pero en realidad la tierra se muere y los ríos se secan y todos enfermamos un poco más cada día.
Hay una leyenda que dice que, si una princesa real traspasa nuestras fronteras, el espejismo habrá terminado; tendremos que trabajar duro para ser felices, pero nuestro reino estará sano y será fructífero y dependerá de nuestro esfuerzo lo que pueda llegar a ser.

La Princesa vio determinación en los ojos que la miraban: no cabía duda de que ese hombre realmente deseaba sacar adelante su país, y eso le produjo una sensación extraña, una mezcla de ternura y admiración.

- Yo soy una Princesa -o eso creo- y estaré encantada de ayudarte, pero tengo un problema terrible que no sé cómo solucionar... Si me ayudas a resolverlo me comprometo a acompañarte hasta tu reino.

(En su angustia por salvar a la manzana, la Princesa no fue consciente de que estaba prometiendo abandonar el castillo y no se dio cuenta de que para cumplir su promesa debería dejar atrás todo lo que había conocido hasta el momento. )

Rápidamente subió al salón de la torre donde la manzana reposaba en su urna y le explicó al caballero el mágico sortilegio que protegía su felicidad con el Príncipe.

- Y ahora no sé que hacer: él está durmiendo y por más que lo intento no consigo despertarlo y a mí se me han acabado los secretos que contar a mi manzana...

El caballero se mantuvo pensativo por un momento y miró muy serio a la Princesa.

- He encontrado una solución: ahora mismo haremos la prueba que determinará si eres una auténtica princesa o no. No se lo contaremos a nadie y mañana tú podrás susurrarle a tu manzana lo que has hecho.

La Princesa sonrió maravillada - ¿cómo no se le había ocurrido antes?- y en ese momento preciso amaneció y el sol asomó entre las nubes sobre el jardín.

- ¿Qué es lo que tengo que hacer?

- Darme un beso.

La Princesa retrocedió un paso sobre sí misma. Miró extrañada al hombre lleno de barro que se encontraba frente a ella y dudó, pero al instante decidió que en situaciones desesperadas se adoptan medidas desesperadas y temblando se acercó a él para darle un beso en los labios prometiéndose a sí misma que no le contaría a nadie lo sucedido.

Y sucedió.
Tras el beso, la manzana explotó en mil pedazos y en el castillo -siempre frío- aumentó la temperatura.
El caballero y la Princesa se miraron a los ojos sorprendidos: ninguno esperaba nada igual.

El ruido y el repentino calor despertaron al Príncipe que al instante sintió un veneno ácido burbujeándole en la sangre.
Buscó a la Princesa y al encontrarla, ciego y envenenado como estaba, sólo pudo ver una bruja y sintió unos deseos enormes de morderla hasta destrozarla, hasta partirla en mil pedazos.
El caballero cargó con ella -que se había desmayado- y abandonó el castillo, que había empezado a arder.

Recorrieron muchos kilómetros y la Princesa seguía dormida: necesitaba descansar después de todo el esfuerzo que había hecho por salvar esa manzana que ahora no era más que cenizas.

El caballero la observaba intrigado: no era la más guapa, ni la más rica, ni la más habilidosa de las jóvenes que habían aceptado pasar su prueba pero, por las noches, cuando todo estaba oscuro, la princesa que cargaba como un peso muerto sobre su caballo irradiaba una luz extraña que aumentaba de intensidad a medida que iba recuperando las fuerzas.
Quizá no fuera una princesa de verdad, pero estaba claro que aquella chica tenía algo que la hacía diferente y merecía la pena intentar llegar con ella a su reino.

Justo el día en que alcanzaron la linde del sendero que dibujaba la frontera, la Princesa se despertó y -aún un poco aturdida por todo lo que había pasado- posó con cuidado su pie derecho al otro lado del camino siguiendo siempre las directrices del caballero.

Y el milagro se produjo.
La tierra dejó de ser baldía, pero aún estaba cubierta de maleza; el río corría con fuerza, pero no había fuentes para acercar el agua al pueblo; la gente estaba sana, pero las casas estaban polvorientas y destartaladas.
El Caballero y la Princesa descubrieron que tenían unas ganas enormes de sacar adelante todo aquello y trabajaron codo con codo con las gentes del lugar para hacer de aquel lugar un sitio acogedor y con futuro.

Y se dieron cuenta de que las risas eran más efectivas que los secretos para mantener vivas las cosas que los harían felices para siempre.
Y decidieron no cansarse nunca de intentarlo, porque cuando hacían cosas juntos saltaban chispas, había magia y pasaban cosas increíbles.